
Nunca olvidaré el día en que vi por primera vez Alien, el octavo pasajero. Mis sentidos se volcaron sobre la pantalla desde el primer segundo, todavía siendo adolescente e impregnado por la cultura pop de los ochenta. Aquel viaje alucinante a los más profundo del espacio provocó en mi una admiración absoluta hacia aquella obra maestra a la que mis ojos y mi cerebro estaban asistiendo. El ruido sordo del Nostromo pasando lentamente ante mis ojos enmarcando un espacio absoluto e inquietante que me hacía viajar a otro lugar y que lograba hacerme olvidar de la presencia de mi hermano y de mi padre, tan absortos como yo. Lo cierto que Alien puede ser considerada como la piedra filosofal de la ciencia ficción moderna, algo así como un segundo punto de inicio de una época dorada que comenzó en 1977 con esta producción y que llegó hasta nuestro días, marcando a este género con la seriedad e importancia necesarias para no considerarlo nunca más un subgénero. Ridley Scott, considerado por mi un director fetiche desde entonces aunque ya se había visto de lo que era capaz con su película anterior titulada Los Duelistas, supo filmar como un auténtico maestro y con pulso firme toda la intensidad necesaria para transmitir el pánico de los siete habitantes del Nostromo enfrentándose a algo desconocido, un terror claustrofóbico que cada uno de los estantes de la nave provoca en el espectador. En resumidas cuentas una obra maestra atemporal.
Buen trabajo, Jaime. Desde Memphis, Erin y yo te animamos a que continúes con tus proyectos de divulgación del buen cine y que luches para que los poderes fácticos te permitan ponerlos en práctica. Enhorabuena también por este blog: espero que lo actualices a menudo. Yo lo seguiré con asiduidad.
ResponderEliminarSaludos,
Antón.